La jornada busca visibilizar los reclamos históricos de millones de mujeres, reconocer los avances logrados en derechos políticos, laborales y sociales, y renovar el debate sobre los desafíos que aún persisten. Por eso, el 8M no se considera una celebración, sino una fecha de memoria, reflexión y reivindicación.

El origen de esta conmemoración está vinculado a las luchas de mujeres trabajadoras a fines del siglo XIX y principios del XX, que salieron a las calles para exigir mejores condiciones laborales, reducción de la jornada de trabajo y salarios justos. Tragedias como los incendios en fábricas textiles de Nueva York, donde murieron decenas de trabajadoras, evidenciaron las duras condiciones laborales de la época y marcaron un punto de inflexión en la organización del movimiento obrero femenino.

Con el paso de los años, las protestas y movimientos por los derechos de las mujeres se multiplicaron en distintas partes del mundo. En 1910, durante una conferencia internacional de mujeres socialistas en Copenhague, se propuso establecer una jornada anual de lucha por los derechos femeninos.

Finalmente, en 1975, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) oficializó el 8 de marzo como Día Internacional de la Mujer, consolidándolo como una jornada global de reivindicación.

Para 2026, la ONU estableció el lema “Derechos. Justicia. Acción. Para todas las mujeres y niñas”, con el objetivo de impulsar políticas que eliminen las barreras legales y sociales que aún impiden el pleno ejercicio de los derechos de mujeres y niñas.