Y si bien las investigaciones tanto policiales como judiciales nunca pudieron llegar a una conclusión suficientemente sólida de lo ocurrido, las dos versiones que ganaron mayor credibilidad en la población fueron: 1) los policías que fueron a negociar con los campesinos fueron emboscados por un grupo de infiltrados que dispararon sobre ambos bandos y 2) que todo fue montado de manera criminal para acelerar la caída del primer y único gobierno de alternancia en más de 70 años de dominio del partido colorado en nuestro país.
Lo cierto es que pocos días después el presidente Lugo cayó, siendo reemplazado por su vicepresidente Federico Franco, quien completó el periodo, dejando las puertas abiertas para un retorno de la ANR al poder absoluto del Paraguay; algo que se mantiene hasta hoy.
Es importante recordar que, después de una actuación judicial que le costó a Paraguay denuncias nacionales e internacionales por las gravísimas irregularidades en las acusaciones y condenas contra once campesinos, la Corte Suprema de nuestro país los absolvió. Todavía resta como deuda histórica, avanzar en el esclarecimiento de las responsabilidades en la Masacre de Curuguaty.
El 26 de julio de 2018, la Sala Penal de la Corte Suprema de Paraguay absolvió a los once campesinos condenados por la “Masacre de Curuguaty” y ordenó la libertad inmediata de cuatro de ellos, que seguían en prisión. Sin embargo, el daño ya estaba consumado mucho antes. Las familias de las víctimas nunca obtuvieron resarcimiento alguno y el poder político quedó para siempre en manos de los mismos sectores que sostuvieron la dictadura de Stroessner durante 35 años.
A 12 años de aquella tragedia el Paraguay parece adormecido y sin memoria. Los sectores populares, principalmente del campo, sobreviven apenas, luego de haber avanzado considerablemente en materia de hacer oír sus reclamos en los 4 años que le dejaron gobernar, no sin pocos sobresaltos, al presidente Lugo. Todo volvió a su antiguo lugar luego de la matanza de campesinos y policías. Una historia repetida en el Paraguay en donde los sectores de menor poder pagan los platos rotos cada vez que se intenta modificar el status quo que va camino a cumplir un siglo.
Mientras tanto, pese a los anuncios de estabilidad macroeconómica, miles de compatriotas siguen viendo en a la vera de los caminos, hacinados en los barrios informales de Asunción, también conocidos como Territorios Sociales de Central y las cabeceras departamentales. La distribución de la riqueza en el Paraguay sigue siendo de las más injustas del continente y el acceso a los servicios básicos una quimera.
La política en nuestro país sigue siendo como la describe genialmente Tomasi di Lampedusa en su inmortal novela “Il Gatopardo”: “Que todo cambie, para que todo siga igual”. Aún al elevado precio de una masacre que hasta hoy nos produce horror y tristeza.
MF



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