Hoy el lugar de la tragedia es un descampado con una vieja cruz de madera y ninguna señalización. Aunque todos saben lo que allí ocurrió, porque hasta algunos años atrás había procesiones que terminaban en ese sitio, que todos conocen como Kurusu Dolores. Es cerca de un camino secundario que lleva a Caraguatay, una de las ciuda
Esa cruz marca la fosa donde fueron enterrados los cuerpos de niños que pelearon y que fueron masacrados en el combate de Acosta Ñú, librado el 16 de agosto de 1869, cuando Paraguay ya tenía perdida la guerra de la Triple Alianza.
El conflicto había estallado en 1863 cuando los liberales liderados por el general Venancio Flores derrocaron al gobierno blanco uruguayo, aliado del Paraguay, quien intervino en su defensa y le declaró la guerra al Brasil, quien había invadido el Uruguay. Cuando Argentina le impidió al Paraguay el paso de sus tropas por Corrientes, el país vecino, al mando del mariscal Francisco Solano López también nos declaró la guerra. Fue un intríngulis perfectamente planeado, a tal punto de que antes del inicio de las hostilidades, Argentina, Brasil y Uruguay se habían puesto de acuerdo sobre qué hacer con el Paraguay cuando triunfasen. El optimismo reinante se resume en una frase del general Bartolomé Mitre: “En 24 horas en los cuarteles, en quince días en campaña, en tres meses en Asunción”. Le erraría fiero: la guerra duró cinco años y fue un verdadero baño de sangre.
Para 1869, el mariscal Francisco Solano López, que era presidente desde el 16 de octubre de 1862 (había sucedido a su padre Carlos Antonio López) estaba derrotado, pero no quería admitirlo y rechazaba cualquier término que supusiese una rendición. El 5 de enero de ese año las tropas del ejército aliado habían entrado en Asunción, y sometieron a la ciudad al saqueo. Lo que no pudieron llevarse, lo quemaron.
El jefe de Estado paraguayo estaba en Cerro León, a un día de marcha de la capital. A duras penas reunió a sus últimas fuerzas: 14 mil hombres, que en realidad eran ancianos y niños, muchos de ellos acompañados por sus propias madres, que ayudaban en el acarreo de cañones, municiones y enseres.
A sus espaldas su propio círculo más cercano conspiraba para evitar ir hacia una muerte segura. Su madre Juana Carrillo, sus hermanas, sus cuñados, el obispo, sus ministros. Hizo fusilar a todos y antes los hizo torturar para que confesasen. Se salvó su madre, sus hermanas Inocencia y Rafaela y un hermano Venancio. También mandó a matar a generales que no querían otra cosa que terminar con esta resistencia inútil. Hasta mandó ajusticiar a su jefe de escolta solo por no haberse enterado de la conspiración. Para ahorrar en pólvora, las ejecuciones se hicieron a lanza.
Fuentes: Andrés Aguirre - Acosta Ñú, epopeya de los siglos, Paraguay, 1979; MRTIN Mac Mahon - La Guerra del Paraguay -Harpers Review Monthly Magazine N° CCXXXIX Abril 1870; José I. Garmendia – Recuerdos de la Guerra del Paraguay



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