La falla de la termoeléctrica Antonio Guiteras, la más importante del país, dejó a millones de cubanos sin electricidad, y el huracán Óscar, que azotó la isla el domingo 20, empeoró la situación, trayendo fuertes vientos y lluvias. En el barrio Santo Suárez, en La Habana, residentes enojados bloquearon calles y celebraron comidas compartidas. “Cuatro días sin luz es un abuso. Nuestra comida se está pudriendo”, dijo Mary Karla, madre de tres hijos.

Ante las protestas, que también tuvieron lugar en Santiago y otras ciudades, el gobierno cubano intentó desviar la atención, acusando a Estados Unidos de estar detrás de las manifestaciones. El presidente Miguel Díaz-Canel culpó a los “enemigos de la Revolución” en Estados Unidos y dijo que los disidentes cubanos estaban alentando los actos.

El régimen citó a consultas al representante estadounidense en La Habana, Benjamín Ziff, alegando injerencias. Sin embargo, la acusación fue rápidamente rechazada por Washington, que calificó de “absurdo” el intento de culpar a Estados Unidos por el descontento popular. La realidad, sin embargo, es que las protestas reflejan el deterioro de las condiciones de vida en Cuba, donde falta electricidad, agua y alimentos, y la crisis energética se agrava.

La situación en Cuba, dominada por una dictadura comunista durante 65 años, es el resultado de una larga serie de fracasos económicos y mala gestión. Desde la Revolución de 1959, el régimen de Fidel Castro y sus sucesores han enfrentado crisis continuas, agravadas por la dependencia de aliados como Venezuela y México. Culpar a Estados Unidos de todos los problemas del país es una vieja estrategia del gobierno cubano para encubrir sus propios fracasos.

La incapacidad de mantener la infraestructura en funcionamiento y la falta de soluciones a los problemas internos dejaron a la población al borde del colapso.