Tácticamente muy pensando y físicamente más disputado, el partido entre  Sportivo Trinidense y Cerro Porteño en Itauguá pudo haber terminado en empate perfectamente, pero la bendita pelota parada terminó definiendo el juego a favor de los trinitarios cuando quedaban escasos minutos para que el juego finalice.

El resultado, al mismo tiempo que reubicar a Trinidense en el Clausura, es una puñalada para la imperiosa necesidad que tiene el Ciclón necesidad de campeonar en esta segunda parte del año, más allá de una obvia clasificación a copas internacionales.

En la primera parte, el azulgrana abrió la cuenta muy rápidamente con una fórmula que le funcionó pocas veces en el resto del encuentro: la combinación por derecha, el sector por donde ensayó sus ataques en el primer tiempo. Fue una definición sutil de Palo Vegetti en el minuto 5’, en su lugar predilecto, el área chica.

Trinidense no se amilanó, sin embargo. José Arrúa tenía un plan y, a pesar del gol en contra, lo ia a cumplir. Pescó los errores de Cerro en la presión alta y media, buscó elaborar juego desde atrás cuando hubo que hacerlo, y encontró el premio en el minuto 24, cuando Tobías Morínigo culminó una carga furibunda con un preciso remate cruzado que se metió en una esquina del arco.

En la segunda parte el juego tuvo la misma tónica, con Cerro dueño de la posesión y con Trinidense saliendo de contra, ninguno de los dos con mucho peligro hasta que llegó el tiro de esquina del minuto 83’. Agustín Da Silveira, agachándose en una posición poco natural, conectó la pelota y la desvió lo justo para vencer al arquero Roffo y darle la victoria a Trinidense.

Fue un premio a la precisión de este, tanto fue como fue un castigo al despiste de Cerro. Mucho premio y mucho castigo.