Ese día, más de 25 millones de peruanos están convocados a elegir al presidente que sustituirá a Francisco Sagasti, el interino que asumió el año pasado en medio de una crisis institucional que enfrentó el país, luego de la irregular destitución de Martín Vizcarra y el breve mandato de Manuel Merino, que salió del poder gracias a la protesta social.

Los comicios representan un nuevo intento para que el país recupere la normalidad democrática, tras años de inestabilidad política. El evidente desmoronamiento de institucionalidad tuvo uno de sus mayores hitos en 2018, cuando el entonces presidente Pedro Pablo Kuczynski presentó su dimisión para evitar un inminente juicio político, acusado de cargos de corrupción, cuando apenas llevaba menos de dos años en el cargo.

Castillo y Fujimori pasaron a la segunda vuelta luego de las elecciones del pasado 11 de abril, que estuvieron marcadas por la dispersión de candidatos y de votantes. El abanderado de Perú Libre fue la gran sorpresa, pues se impuso en el primer lugar con 19 % de los votos, mientras que un escaso 13,4 % de los sufragios le bastó a la hija del expresidente Alberto Fujimori para seguir en la carrera.

El escaso respaldo de los candidatos que pasaron al balotaje, después de años de profundo descrédito de la política, fue una de las razones por las que ninguno de los dos logró llegar, en suma, al 40 % del total de votos, una cuestión inédita en la historia reciente del país andino.

Semanas después de la primera vuelta, la brecha entre ambos aspirantes parece acortarse. La última encuesta de la consultora Ipsos, publicada esta semana en el diario El Comercio, reveló que Castillo tiene una intención de voto del 51,1 % y Keiko, del 48,9 %.

Los votantes debaten a diario su dilema en los medios de comunicación y en las redes sociales, ya que deben optar entre un nuevo personaje político, al que señalan de comunista, o a una candidata que representa la corrupción enquistada en la desprestigiada clase política del país. Ella misma está acusada de lavado de dinero, en un juicio que comenzará en las próximas semanas y que quedaría en suspenso, en caso de que gane los comicios.

Quien se quede con la presidencia no tendrá un panorama fácil, ya que los comicios de abril dejaron un Congreso fragmentado, sin mayorías absolutas. De los 130 escaños que estaban en juego, la alianza de Castillo se quedó con 37 y la de Fujimori con 24. El resto se divide entre las fuerzas cuyos candidatos no llegaron a la segunda vuelta y que, en su mayoría, apoyan a la heredera del fujimorismo.

Moderación

Castillo, cuya llegada a la primera vuelta no fue prevista por las encuestadoras, es maestro rural y líder sindical. Tiene 51 años, se ha autodefinido como militante de la izquierda marxista y ganó con un discurso tildado de radical solo porque proponía transformaciones de fondo, como la creación de una Asamblea Constituyente y la puesta en marcha de políticas económicas opuestas por completo al neoliberalismo, con predominio del papel del Estado.

Su plan de estatizar la minería, el gas y el petróleo alarmó a la élite peruana, al igual que sus críticas al sistema de Administradoras de Fondos de Pensiones. Por el contrario, mantuvo su costado conservador al rechazar la legalización del aborto y el matrimonio entre personas del mismo sexo.

En el camino hacia la segunda vuelta, las críticas en su contra se recrudecieron, sobre todo en la capital del país, en donde Fujimori es la favorita de la clase política que ve en Castillo un promotor del estatismo. En cambio, los principales bastiones electorales del candidato de Perú Libre siguen siendo las regiones y, especialmente, las zonas rurales.