En octubre, Nicanor volvió a advertir sobre asuntos menos entretenidos que el plumaje de los dirigentes: la confianza en el sistema financiero, los conflictos de intereses en el Banco Central, las deudas con proveedores y la ineficacia de ciertos ministros. «¿Qué garantía, qué seguridad yo puedo darle al sistema financiero?», preguntó. No hacía falta compartir todas sus conclusiones para reconocer que se trataba de problemas que merecían respuestas. Pero en ciertos círculos del poder, la gravedad de un problema no se mide por sus consecuencias, sino por el grado de incomodidad que provoca mencionarlo.

Este lunes, Pedro Alliana, vicepresidente de la República y candidato presidencial del oficialismo, anunció que posterga la definición de su compañero de fórmula. «Primero hay que arreglar la casa», explicó. Y para evitar cualquier confusión sobre el domicilio, aclaró que se refería a la tranquilidad del sistema financiero, los problemas económicos, las deudas impagas, el gasto sin previsibilidad y hasta los hospitales inaugurados sin recursos suficientes para funcionar. Confesó también que había advertido al presidente y al anterior ministro de Economía. «Lástima no me escucharon», lamentó. Consultado sobre cuánto escucha Peña sus recomendaciones, respondió: «Muy poco».

El carroñero, por lo visto, tenía razón. Solo que ahora las mismas advertencias salen de la boca del heredero. El episodio coloca a Riera ante un dilema de extraordinaria complejidad científica. Si advertir sobre los problemas del Gobierno convierte a una persona en carroñera, ¿qué especie corresponde asignarle al vicepresidente? ¿Es Alliana un cuervo de mayor jerarquía? ¿Un buitre con aspiraciones presidenciales? ¿O la clasificación depende exclusivamente de quién tiene autorización para señalar los problemas? Riera, que en abril anunció que se liberaría de algunas tareas para divertirse provocando a los críticos de Peña, dispone ahora de una excelente oportunidad para demostrar la coherencia de su doctrina. Podría empezar por llamar carroñero a Alliana.

Aunque es probable que, en este caso, descubra que la libertad de expresión constituye una virtud republicana.   Pero la fauna gubernamental quedaría incompleta sin José Alberto Alderete, asesor político presidencial y uno de los hombres a quienes se atribuye la arquitectura de las decisiones políticas del Gobierno. Hace casi veinte años, Nicanor Duarte Frutos lo había bautizado como «té de boldo», porque no hacía ni bien ni mal. Su evolución merece un estudio de farmacología política.

De aquel brebaje inocuo parece haber surgido una variedad más inquietante: un té de cicuta, que ya no resulta indiferente, sino decididamente indigesto. En esta metáfora, Alderete recuerda a Rasputín, aunque despojado de sus supuestos poderes curativos. Un Rasputín de utilería, dedicado a influir en los asuntos de palacio, pero incapaz de sanar las dolencias políticas de sus moradores. Si se le atribuye la arquitectura de las decisiones, también corresponde preguntarse por su responsabilidad en las grietas del edificio.

El Trueno