En las últimas semanas, los ataques aéreos israelíes han matado a unas 500 personas en el sur del Líbano y el valle de la Bekaa, marcando el día más sangriento en el país desde el fin de la guerra civil en 1990.

La respuesta israelí comenzó con ataques selectivos, pero rápidamente se intensificó después del asesinato de Fuad Shukr, jefe militar de Hezbollah, en julio. Israel también saboteó los sistemas de comunicaciones del grupo terrorista, provocando destrucción en sus bases.

El 25 de septiembre, Hezbolá lanzó un misil balístico hacia Tel Aviv, que fue interceptado por las defensas israelíes, demostrando que la capacidad ofensiva de la organización está debilitada.

Hassan Nasrallah, líder de Hezbollah, se enfrenta ahora al aislamiento tras la pérdida de sus principales comandantes y el sabotaje interno. Además, el apoyo de Irán, el principal financista del grupo, está disminuyendo.

Irán, preocupado por las represalias, se ha distanciado, dejando a Hezbolá prácticamente solo. El grupo terrorista, que alguna vez fue visto como un defensor de los chiítas libaneses, ahora enfrenta críticas internas, especialmente en medio de la grave crisis económica que golpea al Líbano.

Mientras miles de civiles huyen del sur del Líbano, el país se acerca al colapso social. Nasrallah, sin embargo, insiste en continuar la lucha, amenazando con arrastrar al Líbano a una guerra larga y destructiva, a pesar de la presión interna y externa para una tregua.