Al igual que la tradición del Luisón (el séptimo hijo varón), la bruja se relaciona con el número siete. Se cree que la bruja es la séptima hija mujer que nace en una familia con siete hermanas.
La antigua usanza describe a la bruja paraguaya con una apariencia muy específica:
Una mujer pálida y silenciosa.
Que no se mezclaba con nadie.
De uñas largas y de silueta poco agraciada.
Su actividad se concentraba en las noches de la semana, especialmente a la medianoche entre martes y viernes.
Según los relatos:
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Iba hasta el portón del cementerio.
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Daba unas vueltas.
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Salía volando por el poblado, emitiendo un característico ruido de "plack, plack, plack" en la noche silenciosa.
Nuestras abuelas, con temor y curiosidad, espiaban estos vuelos desde los agujeros de sus tapias. Se decía que la bruja no causaba daño a nadie, a menos que alguien se cruzara en su camino. Existía una extraña creencia de que si lograba pasar bajo las piernas de otra mujer, quedaba "libre" o liberada de su maldición por un tiempo.
Para contrarrestar su poder, se creía que la bruja debía tener como padrino a figuras de gran autoridad, como el Presidente de la República o el Señor Obispo. Y cuando incomodaba demasiado, se la ahuyentaba con bala bendita y las antiguas oraciones como las "12 palabras dobladas" que las abuelas recitaban.
Una de las historias más vívidas contadas en la campiña paraguaya advertía a los hombres: nunca se debe acompañar a una mujer sola que aparece por los caminos.
Nuestras centenarias abuelas contaban la historia de un bohemio que, volviendo a casa con su guitarra, encontró una hermosa mujer. Ella lo invitó a una supuesta fiesta, justo en la víspera de Todos los Santos y Difuntos.
Él la acompañó a la ruidosa celebración llena de mujeres. Pero al filo de la medianoche, el terror se desató:
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Los pies de las mujeres se transformaron en patas de lorito.
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Sus uñas comenzaron a crecer desmesuradamente.
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Lanzaron gritos despavoridos al tomar caña.
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Y, finalmente, todas salieron volando.
El mozo despertó desnorteado, en medio de un campo de caraguatá (caraguataty). Había perdido el juicio y no decía cosa con cosa. Tuvieron que hacerle novenas, llevarlo a médicas y sahumerios hasta que, curado, pudo relatar su terrible experiencia.
Escrito por: Julio César Jara Cabral, Poeta y Escritor.



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