“A los países que pudieron proveer más libertad les ha ido mejor y vemos el ejemplo de Paraguay, que en los últimos 35 años ha sido un ejemplo de un país que se ha desempeñado mejor que países con mercados más grandes o más recursos naturales”, afirmó el mandatario.

Peña atribuyó este supuesto éxito a “la capacidad de construir instituciones, de trascender de una administración a la otra”, en una clara referencia a la continuidad política de su partido en el poder durante la mayor parte de la etapa democrática.

Sin embargo, mientras el presidente —que ya realizó su segundo viaje al exterior en lo que va del 2026— destacaba en foros internacionales las virtudes del modelo paraguayo, en el Hospital Central del Instituto de Previsión Social (IPS) se vivía una situación muy distinta. Un médico del propio hospital, Gustavo Fernández, hermano del viceministro de Transporte Emiliano Fernández, debió ser trasladado de urgencia a un sanatorio privado debido a que el IPS no contaba con el angiógrafo necesario, el cual se encontraba fuera de servicio por falta de mantenimiento.

El angiógrafo es un equipo indispensable para diagnósticos y procedimientos cardiovasculares de alta complejidad, como cateterismos, estudios coronarios y cirugías de urgencia. Su ausencia o mal funcionamiento puede significar la diferencia entre la vida y la muerte en casos críticos. Actualmente, el IPS cuenta con apenas dos equipos, adquiridos en 2015, de los cuales solo uno se encuentra operativo para una población de más de 1,6 millones de asegurados.

Esta falencia salió a la luz días atrás, cuando familiares de un asegurado denunciaron la muerte de Braulio Vázquez, quien habría esperado dos días para realizarse un estudio debido a que el equipo se encontraba averiado.

Investigaciones y denuncias señalan que el IPS dejó de contar con mantenimiento de estos equipos desde el 18 de diciembre de 2025, y que la empresa encargada del servicio había advertido sobre la peligrosidad de operar sin controles técnicos adecuados. Estas advertencias habrían sido ignoradas por las autoridades.

A diferencia de Paraguay, donde el sistema público cuenta con apenas dos angiógrafos —uno de ellos fuera de servicio—, otros países de la región con poblaciones similares o incluso menores disponen de más equipos en sus sistemas de salud pública. En países como Perú y Ecuador, los hospitales estatales de referencia cuentan con servicios de hemodinamia distribuidos en distintas ciudades, lo que permite realizar estudios y procedimientos cardiovasculares sin depender de un único centro o de derivaciones al sector privado.

En el caso de países con mayor desarrollo sanitario, la diferencia es todavía más evidente. Argentina y Chile cuentan con decenas e incluso cientos de equipos de angiografía en su red hospitalaria, incluidos numerosos centros públicos de alta complejidad. Si bien no existe un registro único y público con la cifra exacta de cada país, los informes de infraestructura sanitaria disponibles permiten afirmar que todos estos países tienen ampliamente más de dos angiógrafos en sus sistemas públicos, una situación que deja a Paraguay en una posición de rezago extremo incluso dentro del contexto regional.

El contraste no podría ser más brutal. Mientras el presidente Santiago Peña habla ante líderes mundiales sobre instituciones sólidas, libertad y desempeño económico, en su propio país el sistema de salud pública es incapaz de garantizar algo tan básico como el funcionamiento de un equipo médico vital. No estamos hablando de una catástrofe natural ni de un hecho imprevisible, sino de una consecuencia directa de malas decisiones políticas.

La distancia entre el relato oficial y la vida cotidiana de millones de asegurados expone que el “mejor desempeño de la región” no se mide en discursos ni en foros internacionales, sino en la capacidad real del Estado de garantizar derechos básicos. Hoy, para muchos paraguayos, ese desempeño se traduce simplemente en una cosa: esperar que una máquina funcione antes de que sea demasiado tarde.

La voz Radical