Mazen y otros dos refugiados sirios dejaron su país el pasado 15 de octubre. Pagaron 5.300 dólares a un traficante que les había prometido llevarlos hasta Europa. Pero los tres se encontraron bloqueados, como en una trampa, entre los soldados bielorrusos y el ejército polaco.

“El tono subió entre las dos partes, se insultaban, gritaban. Los militares bielorrusos disparaban balas a nuestro lado y al aire. Después los militares polacos lanzaron cohetes hacia el cielo”, explica Mazen. “Pensamos que íbamos a morir. Había otros refugiados, algunos se desmayaron. Nosotros los sosteníamos para que no se murieran ahogados en el río”, añade.

Los tres amigos sirios estaban con otros afganos, iraquíes, algunos iban en familia con niños pequeños. En Bielorrusia, las autoridades detienen a los inmigrantes de forma sistemática y luego los envían a campamentos en medio del bosque.

“Tuvimos que beber agua de los estanques para no morir de sed. Teníamos que hidratarnos, comimos hierba, no había nada más que llevarse a la boca”, cuenta Abdallah, de 32 años.

Tras 18 días y cuando ya estaban muy débiles, consiguieron huir del campamento y salir de Bielorrusia. Ahora esperan llegar hasta Líbano, y desde allí conseguir el estatuto de refugiados en algún país occidental.