El presidente Santiago Peña llevó este miércoles a la 81ª Asamblea General de las Naciones Unidas un discurso cargado de definiciones sobre los principales conflictos y disputas internacionales, pero con un Paraguay que, pese a algunas referencias económicas y productivas, terminó teniendo un espacio menor frente a una agenda que recorrió desde el estrecho de Taiwán hasta Venezuela y Medio Oriente.
En el principal escenario diplomático mundial, Peña habló de China, defendió contundentemente a Taiwán, justificó su reciente incursión diplomática en Venezuela, reclamó una transición democrática en ese país, extendió sus cuestionamientos a Cuba y Nicaragua, abordó la situación de Haití, pidió la reapertura del estrecho de Ormuz y de Bab el Mandeb, cuestionó la estructura del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y dedicó parte de su intervención al avance de la inteligencia artificial.
Paraguay estuvo presente. El mandatario reivindicó el momento económico del país, habló del crecimiento, la reducción de la pobreza, la generación de empleo, la disponibilidad de energía y destacó que la producción paraguaya actualmente puede alimentar a unos 100 millones de personas. Sin embargo, esos elementos quedaron insertos dentro de un discurso cuyo peso político estuvo principalmente concentrado en conflictos, países y escenarios ubicados fuera de las fronteras nacionales.
La cuestión no pasa por determinar si Paraguay debe o no pronunciarse sobre esos asuntos. La Asamblea General de las Naciones Unidas constituye precisamente el principal foro multilateral para que los Estados expresen sus posiciones sobre los grandes problemas internacionales.
El interrogante aparece en las prioridades: qué decidió Paraguay colocar en esa vidriera mundial y qué asuntos propios tuvieron menor protagonismo en una oportunidad excepcional para exponer ante decenas de gobiernos los intereses estratégicos del país.
Paraguay toma partido en el Indo-Pacífico
Uno de los momentos más contundentes del discurso llegó cuando Peña abordó la tensión entre China y Taiwán.
El mandatario no se limitó a reiterar el reconocimiento diplomático paraguayo a Taipéi ni a reclamar su participación en organismos internacionales. Dio un paso político adicional al declarar expresamente que Paraguay "no es neutral" frente al conflicto potencial en el Indo-Pacífico y que está con Taiwán.
Peña argumentó que una escalada en esa región trascendería ampliamente la disputa territorial debido al papel estratégico de Taiwán en la producción mundial de semiconductores. Comparó incluso la importancia actual de los microchips con la que tuvo el petróleo durante el siglo XX y advirtió que las consecuencias alcanzarían a Japón, Asia Oriental, el sudeste asiático y la economía mundial.
La posición paraguaya respecto a Taiwán no constituye una novedad. Paraguay mantiene relaciones diplomáticas con la isla desde hace casi siete décadas y actualmente es el único país sudamericano que conserva ese reconocimiento formal.
Lo novedoso estuvo en la intensidad de la definición.
Peña ubicó expresamente al país dentro de una de las disputas geopolíticas más delicadas del planeta y sostuvo que la relación con Taiwán no responde a conveniencia, sino a valores compartidos relacionados con la democracia, los derechos humanos y el Estado de derecho. También reclamó una participación "plena y significativa" de Taiwán en Naciones Unidas.
La defensa de Taiwán tiene componentes concretos para Paraguay, desde cooperación hasta comercio y tecnología. Sin embargo, la contundencia utilizada abre una discusión diferente: hasta dónde pretende llegar el país en su involucramiento dentro de una disputa estratégica entre China y Taiwán que forma parte, además, de una competencia global mucho mayor.
Venezuela ocupó otro lugar central
Otro de los principales capítulos estuvo dedicado a Venezuela.
Peña utilizó la Asamblea General para defender su reciente viaje a Caracas y responder a las críticas que generó su encuentro con la presidenta encargada Delcy Rodríguez.
Aseguró que no viajó para validar un régimen y sostuvo que Paraguay pretende colaborar con una transición que conduzca a Venezuela hacia una democracia pluralista y posteriormente permita su reintegración plena a la comunidad internacional.
El mandatario cuestionó además la actitud asumida durante décadas por los dirigentes sudamericanos frente a la crisis venezolana, a quienes acusó de pronunciar declaraciones y condenas sin conseguir resultados concretos.
Según Peña, Paraguay pretende pasar de las palabras a la acción y convertirse en un actor capaz de colaborar con ese proceso político. Su mirada alcanzó también a Cuba, Nicaragua y Haití, países a los que incorporó dentro de los desafíos políticos y humanitarios regionales.
De esta manera, el Gobierno paraguayo utilizó nuevamente parte importante de su exposición internacional para definir qué papel pretende asumir frente al futuro político de otros Estados de la región.
De Venezuela al estrecho de Ormuz
La mirada presidencial avanzó después hacia Medio Oriente.
Peña reclamó el cese de los ataques y la reapertura y libre navegación de los estrechos de Ormuz y Bab el Mandeb, rutas estratégicas para el comercio y el abastecimiento energético mundial.
En este caso, el mandatario trazó una conexión más directa con economías como la paraguaya. Sostuvo que cuando una vía estratégica como Ormuz permanece cerrada, las consecuencias económicas no recaen solamente sobre las grandes potencias, sino que terminan llegando a las poblaciones más vulnerables mediante los precios de la energía, el transporte y los alimentos.
El argumento incorpora un interés paraguayo concreto debido a la dependencia nacional de combustibles importados. Pero nuevamente la exposición mostró hasta dónde llegó la amplitud de la agenda escogida por Peña: en pocos minutos, Paraguay pasó de intervenir discursivamente sobre el futuro político venezolano a fijar posición respecto de una de las principales rutas energéticas de Medio Oriente.
Una ONU que "no sirve" como está
Peña reservó también fuertes cuestionamientos para el funcionamiento de las propias Naciones Unidas.
Apuntó especialmente contra el Consejo de Seguridad, al que describió como una estructura diseñada hace ocho décadas para circunstancias internacionales completamente diferentes y que, según sostuvo, demuestra con frecuencia que no consigue responder a los problemas actuales.
El mandatario defendió el multilateralismo, pero reclamó una ONU con mayor capacidad de actuación y menor posibilidad de quedar paralizada frente a las amenazas a la paz.
Además, adelantó que Paraguay respaldará que el próximo secretario general de Naciones Unidas provenga de América Latina o el Caribe.
Este planteamiento toca directamente un interés estructural paraguayo. Para un país de menor peso económico, demográfico y militar, la existencia de instituciones multilaterales capaces de establecer reglas comunes constituye una herramienta particularmente relevante dentro del sistema internacional.
El Paraguay que sí apareció
El discurso no estuvo completamente desprovisto de referencias nacionales.
Peña afirmó que Paraguay atraviesa uno de los mejores momentos económicos de su historia y presentó al país como ejemplo de crecimiento sostenido, reducción de la pobreza y generación de empleo. También destacó su disponibilidad energética y su enorme capacidad para producir alimentos.
Al hablar sobre inteligencia artificial, aseguró que Paraguay actualmente alimenta a unos 100 millones de personas y planteó que la utilización de nuevas tecnologías podría multiplicar significativamente esa capacidad productiva.
El presidente sostuvo además que la inteligencia artificial constituye la gran transformación de la época, reconoció sus riesgos y señaló que el proceso tecnológico ya no puede detenerse, por lo que reclamó que ningún país quede excluido.
Son componentes directamente vinculados con Paraguay y con las posibilidades de desarrollo del país.
Pero no constituyeron el corazón político de la exposición.
Los intereses nacionales que pudieron tener mayor protagonismo
La intervención presidencial abre entonces una discusión sobre aquello que no tuvo la misma centralidad.
Paraguay llegó a Naciones Unidas siendo un país mediterráneo, dependiente de corredores logísticos internacionales para colocar su producción; con una de las mayores disponibilidades de energía hidroeléctrica por habitante; con una economía fuertemente vinculada a la exportación de alimentos y necesitada permanentemente de nuevos mercados.
El acceso comercial, la mediterraneidad, los costos logísticos, la integración física regional, la navegación, la industrialización de la energía, la apertura de mercados para la producción nacional, la captación de inversiones y el combate transnacional al crimen organizado son también asuntos que Paraguay puede convertir en banderas internacionales.
Peña hizo referencias al potencial económico, energético y alimentario paraguayo, pero no organizó alrededor de esos asuntos el núcleo de su mensaje. Eligió otro camino.
Su discurso buscó proyectar a Paraguay como un Estado dispuesto a asumir posiciones sobre los conflictos que atraviesan el sistema internacional: desde la democracia venezolana hasta el futuro de Taiwán, desde la navegación por Ormuz hasta la reforma del Consejo de Seguridad.



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