La historia, un testimonio de la fe y la resistencia de la mujer paraguaya, cuenta que la reliquia fue encontrada por una de sus bisabuelas. Ella era parte de un grupo de mujeres, ancianos y niños, sobrevivientes de la guerra, que regresaban a pie, desnutridos y enfermos por la peste, desde el último campo de batalla. En sus brazos, la mujer llevaba a su niño, nacido en medio del conflicto, que luchaba por sobrevivir al hambre y las enfermedades.

Un día, agotada por la larga caminata, la mujer se sentó bajo un árbol para descansar. Su niño lloraba desconsolado de hambre, y ella, sin leche para amamantarlo, intentó calmarlo. En ese momento, escuchó un ruido que la intrigó. Al levantar la mirada, vio un bulto de cuero atado a otro árbol. Lo bajó con curiosidad y, al desatarlo, encontró un crucifijo con la figura de Cristo rota.

Tomando la cruz con profunda reverencia y fe, la mujer hizo una promesa: si ella y su niño se curaban de la peste y lograban encontrar refugio y trabajo en Concepción, restauraría al crucificado con su primer sueldo.

El milagro ocurrió. Llegaron sanos y salvos, y la mujer consiguió trabajo en una casa de familia. Fiel a su promesa, mandó restaurar el Ñandejara Kuruzú. La cruz se convirtió en la única pertenencia que la mujer dejó a su descendencia, y desde entonces ha sido custodiada por su familia, pasando de la bisabuela, a la abuela, a su madre y ahora a Doña Chiquita, quien, desde que llegó en Pedro Juan Caballero sirvió en la parroquia en los distintos grupos religiosos.Era de aquellas que visitaba a presos enfermos y a las personas que necesitaban a otros séquito de señoras

Este crucifijo no es solo una pieza antigua; es un símbolo vivo de la fe, la esperanza y la inquebrantable tradición del pueblo paraguayo en los momentos más oscuros de su historia.

Julio Cesar Jara Cabral, poeta y escritor pedrojuanino