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NACIONALES / 2021-02-28 / Visitas: 1572
Réquiem por un caudillo fronterizo
Tenía la fama de ser un implacable enemigo del crimen organizado en la violenta frontera paraguayo-brasileña. Recibió varios premios por apoyar la “lucha contra el narcotráfico”, entre ellos de la propia Secretaría Nacional Antidrogas (Senad). Sus adversarios políticos decían, en cambio, que todo era parte de una fachada, asegurando que él también estuvo relacionado con varios capos criminales de la región.

Se movilizaba casi siempre con guardaespaldas, porque sabía que había un precio por su cabeza. En abril de 2010, siendo senador, fue atacado a balazos mientras se desplazaba en su camioneta, en Pedro Juan Caballero. Logró salir vivo, aunque malherido. Su custodio policial, Richard Martínez, y su chofer, Floriano Alonso, no tuvieron la misma suerte. Murieron acribillados. En agosto de 2018, otro de sus guardaespaldas policiales, Diego Maidana, fue asesinado a balazos en la colonia Guavirá, en un atentado que presumiblemente era contra él.

Se llamaba Roberto Ramón Acevedo Quevedo, pero le gustaba que le digan Robert, con resonancias de actor de películas de Hollywood. Caudillo relevante del Partido Liberal Radical Auténtico, fue gobernador de Amambay, senador, presidente del Congreso, diputado. Junto al actual presidente de la República, Mario Abdo Benítez, tuvo participación protagónica en oponerse al intento de enmienda de la Constitución que buscaba la reelección del entonces presidente Horacio Cartes.

Supo construir mucho poder económico y político importante en Amambay. Con su hermano José Carlos, actual intendente, y su hermano Ronald, actual gobernador, formaban el “clan Acevedo”, fuertemente enemistado con otros grupos, como el del ex diputado liberal Pedro González. Desde inicios de los 90, Robert se convirtió en uno de mis más valiosos informantes en varias series de reportajes sobre narcotráfico. Siempre me facilitaba importantes datos confidenciales, que me permitían avanzar en las investigaciones. Me dijo más de una vez que confiaba ciegamente en que lo protegería como “garganta profunda”, relación que se mantuvo hasta la última vez que nos mensajeamos, hace muy poco.

Esta vez, sus guardaespaldas no lo pudieron proteger del Covid-19. Todo el poder y el conocimiento fronterizo no le sirvieron de nada ante la triste realidad de un desastroso sistema de salud pública que no tenía maneras de salvar su vida en su propia región. Tuvo que ser traído de urgencia a la capital en una ambulancia que se descompuso por el camino, dejándolo sin oxígeno.

Esta es la historia de un hombre poderoso que pudo salvarse de las balas criminales, pero no del virus maldito ni de los efectos del subdesarrollo. Me he quedado sin uno de mis mejores informantes y el Amambay se queda sin uno de sus grandes referentes políticos, controvertido y polémico, pero determinante en muchos asuntos. La despedida que le brindaron así lo confirma.

Ojalá su muerte sirva al menos para que sus colegas políticos sepan que nadie está a salvo, y que la orfandad de salud a la que nos condenan, también puede volverse contra ellos.

Por Andrés Colmán Gutiérrez




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