Payo Cubas borró su cuenta de Facebook con más de 650 mil seguidores, apagó el celular y desapareció del mapa político como esos vendedores de autos usados que juran garantía total hasta que explota el motor y ya no atienden más el teléfono. “Estoy cansado”, habría dicho antes de esfumarse. Y claro… cansado debe ser sostener durante años el personaje del hombre incorruptible mientras alrededor se acumulan escándalos, denuncias y peleas internas como bolsas de basura en plena huelga municipal.
Pasó de ser el “mesías antisistema” a convertirse en una mezcla rara entre profeta de WhatsApp y patrón de estancia política. El mismo hombre que gritaba contra las viejas mañas terminó siendo acusado dentro de su propio movimiento de manejar Cruzada Nacional como kiosco familiar: expulsando dirigentes, cerrando espacios y quedándose con el control absoluto, como esos presidentes de comisión vecinal que no largan la llave del salón ni aunque venga el obispo.
Las redes sociales, que antes eran su templo, terminaron convirtiéndose en su pelotón de fusilamiento digital. Cada día aparecían nuevas críticas: que no cumplía acuerdos, que desconocía documentos firmados por él mismo y que cambiaba de versión más rápido que político en campaña visitando asentamientos. Los escraches crecían como yuyos después de la lluvia, mientras la imagen del “líder incorruptible” empezaba a desteñirse peor que bandera paraguaya olvidada al sol.
Y mientras tanto, las denuncias sobre supuestos manejos oscuros junto a Yolanda Paredes terminaron alimentando todavía más el incendio. Porque cuando alguien pasa años señalando corruptos con el dedo, el problema llega cuando la gente empieza a mirar la otra mano. Ahí el discurso moralista se vuelve tan frágil como ventilador barato en enero.
Hoy muchos ya no ven a Payo como aquel outsider que venía a destruir el sistema, sino como otro caudillo atrapado por su propio ego, consumido por el mismo monstruo que juró combatir. Terminó pareciéndose a esos pastores que comienzan predicando humildad y acaban creyéndose enviados celestiales con inmunidad divina.
Y ahora, según cuentan, estaría refugiado entre las neblinas de Colonia Independencia, aislado del mundo, hablando con el viento y con los fantasmas de sus promesas rotas. Un final casi poético: el hombre que prometía despertar al Paraguay terminó huyendo de los propios paraguayos.
Se fué sin dejar rastro...
Payo dice que está cansado de la gente… y la verdad que no sorprende. Después de años viviendo del aplauso, del grito, del show permanente y de venderse como el “salvador antisistema”, parece que finalmente descubrió que la gente también se cansa. Porque una cosa es jugar al revolucionario con cámara prendida y otra muy distinta sostener coherencia cuando las promesas empiezan a pudrirse como mandioca olvidada bajo la lluvia.



COMENTARIOS