De acuerdo a lo relatado por Gabriel Guillén, llegaron al centro asistencial y no estaba nadie ni en el consultorio de urgencias, ni en el área de admisión, por lo que con la ayuda de un tercero tuvo que bajar a su esposa, hasta que apareció una mujer con bata blanca, quien les indicó que ingresen al interior del hospital, pero no providenció una silla de ruedas o camillas para ese procedimiento.
El alumbramiento estaba en proceso y el niño cayó al piso del hospital. Esto fue negado, en principio, por el director Carlos Insaurralde, pero luego confirmó que le hicieron todos los estudios al pequeño y que todos tuvieron resultados favorables, por lo que el mismo ya estaba siendo amamantado en sala por su madre.
Guillén reclamó que le pidieron hasta los guantes de látex para atender a su esposa, ya en el área de urgencias, siendo un hospital de referencia en la zona norte, además de la ausencia de los funcionarios en sus puestos de guardia y la escasa empatía con una mujer en trabajo de parto que tuvo que inventar ayuda para ingresar al servicio con las mencionadas consecuencias que sufrió su pequeño.
Las explicaciones de Insaurralde fueron tibias e inconsistentes, mientras que desde la Décima Región Sanitaria no hubo reacción a tamaña acción que casi le cuesta la vida a un recién nacido. Esperar un comunicado de aclaración o al menos informar sobre la asistencia a la madre y el pequeño, en este caso ya es pedir demasiado a los que están acostumbrados a la modorra desde sus dependencias, cuando que se deben a la ciudadanía, porque son servidores públicos.



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