Vayamos por partes, porque acá hay algo de razón y mucho de simplificación.
Lo que es cierto (y por qué no alcanza)
Es verdad que el estrés, como respuesta puntual del organismo ante una demanda del ambiente, no está clasificado como una enfermedad en sí misma. Es un mecanismo adaptativo: el cuerpo se prepara para reaccionar ante una amenaza o un desafío y, en dosis moderadas y pasajeras, cumple una función biológica útil.
Incluso el burnout, el síndrome de desgaste laboral, hijo directo del estrés crónico mal gestionado, fue incorporado por la Organización Mundial de la Salud a la Clasificación Internacional de Enfermedades (CIE-11) bajo una aclaración explícita: no se trata de una enfermedad ni de un trastorno, sino de un "fenómeno ocupacional", una categoría pensada para que las empresas tomen medidas de prevención. La propia OMS tuvo que salir a comunicarlo públicamente para frenar la confusión.
Hasta acá, el influencer podría sentirse respaldado. El error empieza en el paso siguiente.
Lo que la simplificación deja afuera
Que el estrés puntual no sea una patología no significa que el estrés sostenido en el tiempo sea inofensivo. Todo lo contrario: es exactamente ahí donde la evidencia científica se vuelve contundente.
Cuando el estrés se cronifica, cuando el organismo no logra "apagar" la respuesta de alarma, deja de ser una reacción pasajera y empieza a dejar huellas medibles en el cuerpo:
ü Se desregula el eje hipotálamo-hipófiso-adrenal (HPA), el circuito hormonal que regula la respuesta al estrés. Esa disfunción genera resistencia a los glucocorticoides y favorece un estado proinflamatorio sostenido, que, a su vez, incrementa el riesgo de desarrollar enfermedades autoinmunes y crónicas en distintos sistemas del cuerpo: cardiovascular, digestivo y musculoesquelético.
ü El corazón paga costos concretos. La activación mantenida del sistema nervioso simpático provoca vasoconstricción y aumento de la resistencia vascular periférica, lo que eleva la presión arterial y la frecuencia cardíaca de forma sostenida.
ü El sistema inmune se debilita. El cortisol elevado de manera crónica inhibe la función de los linfocitos T, las células clave para defender al organismo de virus y bacterias, y favorece un estado de inflamación de bajo grado vinculado al desarrollo de diabetes tipo 2 y enfermedad cardiovascular.
ü Y el riesgo no se detiene ahí. La hiperactividad sostenida de este eje hormonal también se asocia a mayor adiposidad y a la secreción de sustancias proinflamatorias que pueden contribuir al desarrollo de determinados tipos de cáncer y de cuadros depresivos.
A esto hay que sumarle lo que sí figura, con nombre y apellido, en los manuales diagnósticos: el trastorno de estrés postraumático, el trastorno de estrés agudo y el trastorno adaptativo son categorías clínicas reconocidas, con criterios diagnósticos precisos y abordaje terapéutico específico. No son "el estrés" en abstracto: son lo que ocurre cuando el estrés supera la capacidad de una persona para afrontarlo.
La distinción que en realidad importa
El debate de fondo, entonces, no es "¿el estrés es una enfermedad, sí o no?". Esa pregunta, planteada así, es demasiado simple para un fenómeno que no lo es. La pregunta correcta es otra: ¿qué pasa cuando el estrés deja de ser una respuesta transitoria y se convierte en el estado por defecto de una persona?
Y la respuesta, con evidencia en mano, es clara: se convierte en la puerta de entrada a enfermedad real, mensurable y muchas veces silenciosa. No hace falta forzar la palabra "enfermedad" para que el estrés crónico merezca ser tomado en serio. Basta con mirar lo que le hace al cuerpo cuando nadie lo atiende a tiempo.
Reducir esto a una frase de treinta segundos no es divulgación: es, en el mejor de los casos, desinformación por omisión. Y en salud mental, como en cardiología o en cualquier otra especialidad, la información a medias también enferma.



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