La cancha quedó vacía. El grupo de WhatsApp, que antes explotaba con los “¿a qué hora jugamos, presidente?”, hoy está en silencio.

Los que antes peleaban por salir en la foto oficial, con la remera de la Copa América y la sonrisa de equipo ganador, hoy prefieren no ser vistos cerca del mandatario.

No es por la pelota. No es por el resultado. Es por el costo político.

Nadie quiere que lo asocien a la foto del momento. Nadie quiere que mañana su nombre aparezca ligado al escándalo que sacude al Gobierno. Y así, uno a uno, los amigos del fútbol empezaron a poner excusas: que tienen un compromiso familiar, que les duele la rodilla, que este finde no pueden, que mejor la próxima semana.

Santi quedó solo con la pelota.

El fútbol, que era su refugio, su momento de distensión, su espacio donde todavía era “uno más del grupo”, se convirtió en otro espejo de su aislamiento.

El presidente que llegó prometiendo ser el amigo de todos, hoy descubre que cuando el poder se mancha, los amigos del asado son los primeros en desaparecer.

En Mburuvicha Róga ya no se escucha la risa del tercer tiempo.

Solo queda el silencio de una cancha vacía y un presidente que entiende, por fin, que en política los amigos del fútbol duran lo que dura el poder.